El miedo que dejan las lesiones

Una lesión puede terminar con la carrera de cualquier deportista dependiendo de la gravedad, pero también el miedo que éstas dejan puede truncar o cortar el ascenso de una joven promesa que se lastima por primera vez. Sé que puede ser algo traumático dependiendo del tipo y la gravedad, pero cuando no se tiene la fuerza mental suficiente, puede ser algo muy difícil de superar, como le sucedió a un compañero con el cual jugaba futbol.

Partido de fútbol Granada – Málaga. Foto: Ramón L. Pérez.

Hace un par de años fui reclutado por las Fuerzas Básicas de un equipo de Segunda División de México y ahí conocí a este chico, un delantero con un olfato goleador que muchos quisieran tener, ya estaba a pocos meses de recibir su ascenso al primer equipo, pero no querían apresurarlo, por lo que lo tenían en espera. Mientras, él no se cansaba de meter goles y dar asistencias a sus compañeros, no era el capitán pero sí el alma del equipo. Sin embargo, nunca había sufrido una lesión aparatosa, y cuando le pasó, no supo afrontarla. Había sufrido desgarres de muslo, torceduras de tobillo e incluso había tenido molestias de rodilla tras un golpe, pero no pasaba más allá de unos días de reposo y volvía a la actividad. Pero en algún momento todos nos enfrentamos a una lesión de gravedad, como la que le sucedió en la recta final del torneo. Fue a buscar un balón por el aire, pero el portero salió a despejar el esférico con los puños, pero el delantero llegó antes y el impacto de los guantes fue directo a la cabeza, llevaba tal fuerza que mi amigo se desplomó desmayado en el campo. Lo llevaron de emergencia a un hospital donde le realziaron una resonancia magnética y descubrieron que tenía una ligera fisura en el cráneo y una conmoción cerebral de primer grado. Tuvieron que operarlo para cubrir la fisura con una placa muy pequeña y debía estar alejado de toda actividad deportiva por al menos seis meses. Siguió las órdenes al pie de la letra y a las ocho meses volvió a entrenar. Un par de meses más tarde de su regreso, estaba listo para volver a las canchas, pero ya no fue el mismo.

Durante los partidos evitaba cabecear el balón, o si lo hacía, era muy débil o desviado. Ya no iba a pelear los balones aéreos, si algún rival iba a gran velocidad hacia él, se deshacía de la bola. Evitaba a toda costa los roces y el entrenador se dio cuenta de eso. Lo sacaba del partido. Durante los entrenamientos hablaban con él y aparentemente decía que lo entendía, pero en la práctica no era así. Siguió sin pelear por el balón. Por más que decía que lo intentaba, no podía volver a ser el mismo, le daba miedo volver a lastimarse. Así que fue relegado a la banca y después a las gradas, ya no era convocado. El miedo a lesionarse frustró su sueño de jugar en el primer equipo. Lo último que supe fue que se retiró del futbol y ahora está estudiando periodismo. Lástima, era un jugador brillante.