¿Cómo le perdí el miedo a la agujas?

Desde pequeño le he tenido pavor a las agujas, un terror indescriptible que no había podido superar hasta apenas hace un par de semanas. Recuerdo que cuando me recetaban inyecciones, lloraba, pataleaba y gritaba para que no me las pusieran, así que tenían que someterme entre dos adultos, para que un tercero me pusiera la inyección. Los estudios de laboratorio en los que debían sacarme sangre eran una odisea, pues a veces sólo iba con mi madre y entra ella y la enfermera no lograban tranquilizarme, así que debían llamar a otros miembros de la clínica para que, al igual que con las inyecciones, me sometieran y pudieran obtener mis muestras de sangre. Creí que con el tiempo este miedo iba a pasar, pero no fue así, se mantuvo con la misma fuerza que cuando era pequeño y no podía hacer nada por más que lo intentara.

Por ese mismo miedo, siempre he tratado de cuidarme exageradamente para no enfermarme y no necesitar ir al médico, sólo voy a mis chequeos anuales y no dejo que ni mencionen la opción de inyectarme algo, si necesitan vacunarme, prefiero que me den algún refuerzo bebible, aunque no tenga el mismo efecto. Incluso mis padres me llevaron con un psicólogo para tratar el problema, pero nada cambió, gran culpa fue mía, ya que no ponía nada de mi parte, porque sabía que no iba a superarlo, pues ya tengo 23 años y sigo con el mismo temor. Mis viejos estaban desesperados, no sabían cómo ayudarme, pues en verdad parece que me están matando cuando intentan inyectarme o introducir alguna aguja en mi cuerpo para x o y razón.

Hace un par de semanas mi madre y yo nos fuimos de vacaciones a Monterrey solos, ya que mi padre y mi hermana tenían que trabajar y no podían pedir permiso especial. Allá estuvimos hospedados con una amiga de mi madre, quien nos llevó a conocer muchos lugares, pero en el trayecto hacia uno de ellos, sufrimos un accidente de tránsito, en el que la peor parte se la llevo el esposo de la amiga de mi mamá y mi mamá.

Ya en el hospital nos dijeron que el señor estaba fuera de peligro, pero que mi madre necesitaba transfusión de sangre y yo era el único que podía hacerlo por ser su hijo. Cuando escuché eso el cuerpo se me paralizó y se me heló la sangre, no iba a poder hacerlo pese a que de ello dependía la vida de mi mamá. Les conté a los médicos de mi pánico por las agujas y me dijeron que si mi fobia representaba un riesgo para mi salud, que ellos podían esperar otro donante, pero no sabían cuándo lo conseguirían y era un tema urgente para que mi madre siguiera con vida y pudiera recuperarse. Respiré hondo y acepté. Me hicieron un cuestionario y me llevaron a hacer un estudio de laboratorio para confirmar que todo en mí estuviera en orden. Y así fue, era el donante ideal. Viví un infierno, literalmente me desmayé del pánico después de que me sacaron la sangre, pero fue un paso importante para superar este miedo, pues de vez en cuando ya acepto inyecciones.